viernes, 26 de diciembre de 2008

Postdata.

Esta es una continuación de la entrada anterior, referente a la navidad. En realidad constituye una respuesta a Elemile, amigo con quien he sostenido interesantes charlas y debates electrónicos y a quien leo gustosa cada vez.

Si bien es cierto que las críticas vertidas en "La navidance" constituyen un tópico, tienen más profundidad de la que aparentan. Ciertamente he pintado un escenario de lo más grotesco, cuya escencia kitsch se ve agravada cuando se admite que es lo que usualmente se ve. Y no se trata de la caricaturización de una realidad nacional como de la denuncia de lo que hay detrás de esa escena: gente de exstencias tan insoportables que se tiran a los excesos ante cualquier oportunidad, aun cuando se trate de una festividad familiar y religiosa.

Más allá de los orígenes históricos de la celebración navideña (mismos que no me atañen ahora puesto que hablo de tiempos presentes), se sabe que lo que se celebra es el nacimiento del mesías que, con su muerte, redimió a la humanidad de sus pecados. No me voy a meter con ello. Lo que me interesa rescatar es que el espectáculo descrito se repite lo mismo en navidad que en los tres años del sobrino: se trata de la ruptura ritualizada de lo cotidiano que, desde este punto de vista, parece explicarse por la sencilla razón de que la gente vive muerta por dentro, en la perenne reproducción de un esquema que, representado en medios masivos de televisión, es aquél que se refiere a eso que llamo "La Gran Familia Mexicana".

La navidad es un ritual social que, como muchos (¿o todos, cuando son llamados "tradición"?), tienen el objetivo de preservar los valores del conglomerado, de educar a los que vienen con estos valores, logrando así la reproducción de los mismos. Me pregunto si en el siglo XXI la navidad, como ese ritualde preservación de valores, tiene cabida entre miles de ateos, "católicos no-católicos" (de los que abortan, se divorcian y usan anticonceptivos, o sea, no-católicos o herejes desde la concepción de la Iglesia a la que dicen pertenecer), indiferentes, pobres (la cena cuesta, y caro) y demás mutantes de la sociedad posmoderna. Tiene cabida sólo si deja de ser la navidad como se entiende y se redefine, como hago, como una momento de deshagogo compulsivo, de embriaguez, consumismo y comida hasta el hartazgo.

Los que viven en función de los valores del siglo XX, es decir, los de la burguesía que llegó a México con la Revolución, son cada vez más raros. Las adaptaciones de este sistema de valores (el moderno) a las condiciones actuales son las que, creo, han dado por resultado estas navidades de muertos vivientes (¿acaso disfrutan la vida?) o zombies (deserebrados que obedecen acríticamente). Son celebraciones muy sanas, junto con las farras de año nuevo y las borracheras en las fiestas infantiles. Si no existieran estas pequeñas fugas de la vida en la muerte (en la existencia mecánica de la oficina, la caja, el volante, la preparación de la comida, las idas por los niños al karate y demás monadas de cómo-se-debe-vivir según los comerciales de Ariel y las películas de Disney) los espectáculos como el que sigue serían más habituales:







Por lo tanto, la navidad sirve oara que persista la vida capitalista, o post capitalista, como la llaman algunos. En otro momento, con más tiempo, abrevaré sobre las bellezas de la vida en la muerte.

1 comentario:

  1. Lo único es que la navidad extraña (o la otra, la típica, la propia del sujeto creyente) no es una ruptura de lo cotidiano, sino que en su configuración se imbrican los aspectos básicos de la cotidianidad y se establece un orden determinado del entorno. Así, tanto aquéllos que ponen sus coronitas de adviento y así se preparan espiritualmente para el acontecimiento, como aquéllos que corren al supermercado más cercano para atiborrar la despensa de bacachá o sidra El gaitero y así se preparan para fiesta y guarapeta, ingresan en una práctica ritualizada que, como se sabe, es el componente básico de lo cotidiano. Comunicarse con la trascendencia o consumir son actitudes habituales, organizadoras del entorno; aunque el móvil de ambas sea una situación de "una vez al año", ello no quita que estén inmersas en un sistema de valores habitual. De ahí que estas fiestas, como casi todas, no rompan nada de lo cotidiano, sino que lo concentran en un punto y lo potencian.

    Buen objeto de estudio, sin duda, la fiesta navideña, llámese la del católico, la del católico a conveniencia, la del ateo pegote, o la del (conozco a varios) judío que igual se regala cositas por la navidad.

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